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Nos han enseñado a ignorar lo cotidiano frente a lo espectacular. Buscamos momentos llenos de euforia y dopamina, recuerdos fotografiables para mostrar en redes sociales que, aunque bonitos y divertidos, no siempre ocurren.

Vivimos esperando que nos sucedan grandes hitos —un ascenso, realizar nuestro viaje soñado, cumplir una nueva meta—, casi sin darnos cuenta de que la vida realmente se desarrolla entre paréntesis; en esas pausas discretas en las que ni siquiera nos paramos a mirar.

En los últimos años me he dado cuenta de lo difícil que a veces me resulta apreciar esos pequeños detalles y entender que, al menos una vez al día, un gesto, una palabra o una noticia buena consigue atravesarnos.

Este 2026 ha empezado de manera bastante trágica, teniendo en cuenta todas las noticias conocidas durante este mes de enero. Por eso, quizás, es aún más desconcertante darse cuenta de que en esas mismas semanas también ha habido pequeños momentos por los que estar agradecida.

Escribo este primer post del año apenas unos días después de enviar mi primer artículo a una revista feminista. Desconozco si me habrán elegido para este número o si, en esta ocasión, la suerte no mirará de frente. Pero no sabes, amiga, el orgullo que siento de haber podido hacer esta investigación.

Este logro llega en un momento de crisis periodística, provocado por la obligación de utilizar constantemente la IA para escribir; de redactar para muchas voces, excepto para la mía.

Después de tanto tiempo en el sector, soy consciente de que este es un mal que toda copywriter vive cada cierto tiempo. Sin embargo, reconozco que esta vez ha dolido un poco más, quizá porque fui plenamente consciente de que, como escribió Maïder Tomasena en su newsletter Todo suena igual, había perdido mi voz.

El poco tiempo que tenía entre jornada y jornada no podía dedicarlo a sentarme y escribir. No había tiempo, pero tampoco ganas ni motivación. Mi cerebro estaba en blanco. No sabía qué opinaba de cada lectura que hacía y mucho menos era capaz de ordenar esos pensamientos y convertirlos en palabras.

La sobreestimulación de las redes sociales —ver cómo todo el mundo está creando— y los constantes recordatorios de que debes ser rápida, interesante y llamativa, no solo para los usuarios, sino también para los navegadores, me estaban costando la creatividad.

Y mi blog, amiga, no es SEO, ni SEM ni ninguna sigla. Porque, aunque son herramientas que ayudan a llegar a más personas, seamos sinceras: este blog es mi voz y la ilusión de que cada artículo llegue a tu correo como un lugar seguro, donde también tú puedas sentirte parte de él.

Por eso estoy tan orgullosa de haber escrito un artículo —dos, si contamos este—, porque siento que he recuperado un trocito de mí.

Una fotografía de un campo verde. A su derecha una chica rubia y con abrigo verde está mirando sonriente al campo.
Una foto del último paseo por el campo

En estos días, además, he tenido la fortuna de compartir tiempo adicional con la persona que más quiero. Un regalo inesperado, convertido en tiempo de calidad por el simple hecho de estar juntas.

También he aprendido a cocinar nuevas recetas. Amiga, tú que me conoces, sabes que no me gusta la cocina ni tengo una habilidad especial para ello. Pero esta vez, quizá por haberlo hecho al lado de alguien a quien quieres, la cocina no se volvió tan tediosa (spoiler: cuando vi el fregado, cambié de opinión; no te voy a mentir).

Incluso he diseñado un nuevo recetario —bastante cool, si me lo permites— para escribir a mano las recetas apuntadas. Con ello no solo he vuelto a retomar un hobby que tenía olvidado (diseñar), sino que también quiero recuperar la escritura a mano, sin prisas ni la tentación constante de consultar a GPT. Activar la memoria, otra vez.

Portada de un recetario. Color de fondo rosa y en cada esquina hay un plato de comida diferente, con colores verdes y rojos. En el medio se añade el texto Food Journal. Debajo el icono de Cooking mama, una mujer con pañuelo rosa, delantal amarillo y espátula en la mano
La portada de mi recetario

También he ido al campo. Lo sé, no suena muy especial, pero en estos meses de estrés y alta carga de trabajo me he dado cuenta de que necesitaba cada vez más el olor a salitre del mar; la brisa, su frescor y el verde de los árboles. Tanto casi como respirar.

Así que me he propuesto visitar más zonas verdes, sea un campo o un parque. En esta ocasión fui a un sitio nuevo y caminé durante mucho tiempo. Y reconozco que me emocioné un poco: primero por la alegría de ver tanto verde y tanto silencio, de respirar con libertad; después, por el dolor del cansancio en la vuelta, porque si algo no soy es una persona que calcule bien las distancias.

Por último, amiga, hay una cosa más que quiero contarte en este post de detalles. Tiene que ver con una persona muy, muy bonita que conocí en el trabajo. Este día de Reyes me llegó un mensaje suyo avisándome de que sus Majestades habían dejado un regalo para mí en Correos. Supe al instante de qué se trataba: un libro firmado por una autora muy especial, Amber Lake.

Habíamos hablado de ella en verano, pero no esperaba que, tantos meses después, recordara aquella conversación. No solo la recordó, sino que me envió la novela firmada y acompañada de una preciosa postal de Sevilla de la artista ByVirina. Aquel día no fue especialmente bueno para mí, pero quiero que sepas, V., si lees esto, que tu precioso gesto me alegró el resto de la semana.

en un mesa de madera se observa el libro La máscara del traidor. A su izquierda una postal azul y naranja de Sevilla. Al fondo dos mandarinas
El precioso regalo: Un libro dedicado de Amber Lake

Amiga, si no conoces a la autora, déjame decirte que cuanto más investigo sobre ella, más cosas interesantes descubro. Escribe novelas románticas e históricas; es licenciada en Historia y diplomada en Magisterio, y, además, es bibliotecaria.

Me parece una combinación fascinante y, sobre todo, creo que su historia es la experiencia de muchas de nosotras: no haber podido escribir durante un tiempo porque la vida no lo permitía, pero sin que la pasión se apagara. Amber esperó, y el resultado son dieciocho increíbles novelas hasta ahora. Tengo muchas ganas de continuar con la lectura.

Y a ti, amiga, que me estás leyendo, solo quiero recordarte algo: el mundo —o mejor dicho, la realidad que vemos en redes o dentro de nuestras burbujas— nos empuja constantemente a mirar hacia lo próximo y hacia lo más grande.

Pero a veces la felicidad también llega en forma de pequeños detalles, de esos que hacen que el día, en lugar de negro, sea de un gris claro. Ojalá podamos recordarlo siempre.

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